Green Valley en América Latina. La oportunidad de la infraestructura digital verde en la era de la IA

Víctor Muñoz and Ángel Melguizo

Partners, ARGIA Green, Tech & Economics

Durante décadas, la infraestructura tecnológica desde los chips hasta los centros de datos fue un tema relegado a los márgenes de la discusión económica y política. Hoy, esa infraestructura es protagonista central. Es allí donde convergen la energía y los datos para impulsar la inteligencia artificial (IA), y donde se define buena parte de la competitividad futura de los países. En este nuevo mapa, América Latina y el Caribe tienen una ventana de oportunidad concreta: consolidarse como una región atractiva para el desarrollo de centros de datos verdes (greendatacenters), alimentados por energías renovables y articulados a una red regional que impulse la industrialización de servicios basados en IA.

La ventaja comparativa de la región es sólida y múltiple. Esta se basa en su matriz energética, su geografía y su capital humano. Según datos del Banco Mundial y la Agencia Internacional de Energía (AIE), más del 60% de la generación eléctrica en América Latina proviene de fuentes renovables, superando a regiones como Europa Occidental (40%) o Norteamérica (30%). Países como Uruguay, Paraguay y Costa Rica ya operan con matrices energéticas 100% limpias prácticamente, mientras que Brasil supera el 80% con una mezcla de hidroeléctrica, solar y eólica. Esta condición no es trivial. Para modelos de IA de gran escala, el costo energético puede representar hasta el 60% del costo total operativo de un centro de datos. Según datos de la UIT, el consumo de electricidad de Alphabet, Amazon y Microsoft alcanzólos 100 TWh en 2023, prácticamente lo que consumen juntos Colombia y República Dominicana en un año.

Sumado a lo anterior, la geografía y el clima juegan a favor de la región. Las zonas de altiplano, con temperaturas medias estables y buena conectividad, permiten reducir el gasto en enfriamiento uno de los mayores costos energéticos en operación de servidores. Bogotá, Quito, Montevideo o partes del sur de Brasil ofrecen condiciones ideales para alojar infraestructura de cómputo intensivo.

La estructura demográfica también representa un activocon una población de más de 400 millones de personas en edad laboral y un creciente número de profesionales en ciencia de datos, ingeniería de software, así como en redes. Las plataformas de formación como Platzi, Henry o Digital House están nutriendo un ecosistema de talento regional. Paulatinamente, universidades en Brasil, Chile, Colombia o México han avanzado en currículos orientados a IA y computación de alto rendimiento.

En el ámbito internacional, la oportunidad para captar inversión extranjera directa es clara. Europa, bajo el marco del Pacto Verde y la taxonomía de finanzas sostenibles, exigirá cada vez más una trazabilidad clara de la huella de carbono en las cadenas de valor digitales. Una empresa europea que entrena sus modelos en un green datacenter certificado en América Latina puede reducir sus emisiones reportadas y cumplir así sus compromisos climáticos. Asimismo, los avances tecnológicos están impulsando que las energías renovables sean incluso mas asequibles que las tradicionales. Todo ello configura argumentos de pesos de atracción de capital europeo, asiático o norteamericano.

Ahora bien, la oportunidad no radica solamente enhospedar servidores, ni en hacerlo individualmente país a país. El valor agregado está en que estos centros de datos se conviertan en motores de desarrollo tecnológico local, con lógica de integración regional. Esto exige políticas de encadenamiento productivo que prioricen proveedores locales de infraestructura, servicios de nube, software y ciberseguridad; acceso preferencial a pymes tecnológicas; y condiciones para que universidades y centros de investigación accedan a capacidad computacional como bien público. Y articulación de una red federada de centros de datos interconectados, con redundancia, interoperabilidad y gobernanza compartida, que permita: el entrenamiento distribuido de modelos de IA; el almacenamiento de grandes volúmenes de datos públicos y privados; la provisión de servicios a gobiernos, empresas y universidades. Esta red también puede convertirse en un activo geopolítico, al reducir la dependencia tecnológica con respecto a infraestructuras extrarregionales.

¿Como materializar esta oportunidad? Proponemos seis medidas:

• Establecer marcos regulatorios nacionales y regionales (o al menos entre algunos países impulsores) para green datacenters, con criterios técnicos de certificación. 

• Establecer incentivos tributarios y requisitos de eficiencia energética.

• Crear un fondo regional de infraestructura digital verde, con apoyo de los bancos regionales (BID, CAF, Banco Mundial) y bancos de desarrollo nacionales, que cofinancie proyectos con alto impacto en empleo, transición energética y digitalización.

• Incentivar consorcios público-privados para el desarrollo de modelos de IA sectoriales, en salud, educación, movilidad, energía o agroindustria, utilizando la capacidad de cómputo regional como palanca de innovación.

• Incorporar cláusulas de sostenibilidad digital en losacuerdos comerciales, incluyendo interoperabilidad de datos, transferencia tecnológica y estándares abiertos para plataformas de IA.

• Establecer un observatorio latinoamericano de huella digital y climática, que mida el impacto ambiental de la infraestructura tecnológica y también promueva prácticas responsables.

La buena noticia, además, es que en algunos países las políticas públicas están – esta vez sí – , acelerando el paso al ritmo de la oportunidad. Brasil ha aprobado incentivos fiscales para infraestructura digital con eficiencia energética. Chile presentó en 2022 su Hoja de Ruta de Centros de Datos al 2030 con metas de sostenibilidad. En México, estados como Querétaro han consolidado clústeres tecnológicos donde operan Oracle, Microsoft y AWS. A ellos esperamos que se unan Uruguay y Argentina, si avanzan con marcos regulatorios nacionales impulsados desde sus presidencias.

La región no necesita copiar Silicon Valley o Shenzhen. Puede crear su propio Green Valley: un ecosistema donde la infraestructura digital, y en particular los centros de datos verdes, estén al servicio de la sostenibilidad, la soberanía tecnológica y el desarrollo humano. El momento de actuar es ahora. La inteligencia artificial será el motor económico de las próximas décadas. América Latina puede ser no solo consumidora, sino productora y exportadora de soluciones si logra construir la infraestructura inteligente y verde que el siglo XXI exige.

Green Valley in Latin America: The opportunity of green digital infrastructure in the age of AI

Víctor Muñoz and Ángel Melguizo

Partners, ARGIA Green, Tech & Economics

For decades, technological infrastructure—from chips to data centers—was relegated to the margins of economic and political discussions. Today, that infrastructure plays a central role. It is where energy and data converge to power artificial intelligence (AI), and where much of the future competitiveness of countries is being shaped.

In this new landscape, Latin America and the Caribbean have a concrete window of opportunity: to establish themselves as an attractive region for the development of green data centers, powered by renewable energy and connected through a regional network that promotes the industrialization of AI-based services.

The region’s comparative advantage is strong and multi-faceted. It lies in its energy matrix, geography, and human capital. According to data from the World Bank and the International Energy Agency, over 60% of electricity generation in Latin America comes from renewable sources, surpassing regions like Western Europe (40%) and North America (30%). Countries such as Uruguay, Paraguay, and Costa Rica already operate with nearly 100% clean energy, while Brazil exceeds 80% through a mix of hydroelectric, solar, and wind energy.

This is significant. For large-scale AI models, energy costs can represent up to 60% of a data center’s total operating cost. According to the International Telecommunication Union, electricity consumption by Alphabet, Amazon, and Microsoft reached 100 TWh in 2023—roughly equal to the combined annual consumption of Colombia and the Dominican Republic.

Geography and climate also work in the region’s favor. Highland areas with stable average temperatures and good connectivity reduce cooling costs—one of the highest energy expenses in server operations. Cities like Bogotá, Quito, Montevideo, and parts of southern Brazil offer ideal conditions for hosting intensive computing infrastructure.

Demographics are also an asset. The region has over 400 million people of working age and a growing number of professionals in data science, software engineering, and networking. Training platforms like Platzi, Henry, and Digital House are building a regional talent ecosystem. Universities in Brazil, Chile, Colombia, and Mexico are gradually developing curricula focused on AI and high-performance computing.

On the international front, the opportunity to attract foreign direct investment is clear. Europe, under the Green Deal and sustainable finance taxonomy, will increasingly demand clear traceability of the carbon footprint in digital value chains. A European company training its models in a certified green data center in Latin America can reduce its reported emissions and meet its climate commitments. In addition, technological advances are making renewable energy more affordable than traditional sources. All this strengthens the region’s appeal to European, Asian, and North American capital.

However, the opportunity does not lie only in hosting servers or doing so individually by country. The added value is in making these data centers engines of local technological development, with a regional integration logic. This requires productive chain policies that prioritize local infrastructure, cloud, software, and cybersecurity providers; preferential access for tech SMEs; and provisions to ensure universities and research centers can access computing capacity as a public good.

There should also be a federated network of interconnected data centers—with redundancy, interoperability, and shared governance—that enables distributed training of AI models, storage of large volumes of public and private data, and service delivery to governments, businesses, and universities. This network could also become a geopolitical asset by reducing technological dependence on external infrastructures.

How can this opportunity be realized?  We propose six actions:

  • Establish national and regional regulatory frameworks (or at least among leading countries) for green data centers, with clear technical certification criteria.
  • Implement tax incentives and energy efficiency requirements.
  • Create a regional green digital infrastructure fund, supported by regional development banks (IDB, CAF, World Bank) and national development banks, to co-finance high-impact projects in employment, energy transition, and digitalization.
  • Encourage public-private partnerships for the development of sector-specific AI models in health, education, mobility, energy, or agribusiness, using regional computing power as a lever for innovation.
  • Include digital sustainability clauses in trade agreements, covering data interoperability, technology transfer, and open standards for AI platforms.
  • Establish a Latin American observatory for digital and climate footprint, to measure the environmental impact of tech infrastructure and promote responsible practices.

The good news is that, in some countries, public policy is finally moving at the pace of this opportunity. Brazil has approved tax incentives for energy-efficient digital infrastructure. Chile presented its Data Center Roadmap to 2030 with sustainability goals. In Mexico, states like Querétaro have consolidated tech clusters where Oracle, Microsoft, and AWS operate. Uruguay and Argentina are expected to join, provided they move forward with regulatory frameworks led by their governments.

The region does not need to copy Silicon Valley or Shenzhen. It can create its own Green Valley: an ecosystem where digital infrastructure—and especially green data centers—serve sustainability, technological sovereignty, and human development. The time to act is now. Artificial intelligence will be the economic engine of the coming decades. Latin America can be not only a consumer but also a producer and exporter of solutions, if it builds the smart and green infrastructure the 21st century demands.


Partners, ARGIA Green, Tech & Economics

Comparte la publicación:

Artículos relacionados