Rebeca Grynspan,es candidata oficial de Costa Rica para convertirse en la próxima Secretaria General de la ONU. Actualmente dirige la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), cargo que ocupa desde 2021. Anteriormente se desempeñó como Secretaria General Iberoamericana y como Vicepresidenta de Costa Rica. Economista de formación, podría convertirse en la primera mujer en ocupar el cargo de Secretaria General de las Naciones Unidas en los 80 años de historia de la organización.
América Latina, una región que conoce de cerca la desigualdad, la migración y la búsqueda de soluciones multilaterales, ya demostró su capacidad de liderar la ONU con Javier Pérez de Cuéllar. ¿Podría la región volver a ocupar ese lugar en la mesa global, y esta vez con una mujer al frente, ofreciendo una visión distinta frente a un mundo cada vez más fragmentado?
Lo que necesita el mundo hoy es un liderazgo capaz de construir confianza cuando la confianza se está erosionando.
He pasado mi vida profesional precisamente en esa intersección. He sido vicepresidenta de mi país, he negociado crisis de deuda, he liderado instituciones internacionales y he trabajado en algunos de los desafíos más complejos de nuestro tiempo. Sé que detrás de cada decisión política hay consecuencias reales para millones de personas.
Cuando participé en las negociaciones de la Iniciativa del Mar Negro al inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania, no estábamos discutiendo únicamente comercio o transporte marítimo. Estábamos intentando evitar una crisis alimentaria global. ¡Y lo logramos! Esa experiencia me reafirmó una convicción: la diplomacia importa.
América Latina tiene una larga tradición de diálogo, construcción de consensos y cooperación internacional. A pesar de nuestras diferencias esta es una región de paz entre los países, donde se ha acudido a la justicia internacional cuando ha habido diferendos entre los países. Y es una región libre de armas nucleares. Esta es una experiencia valiosa en un momento de crecientes conflictos en la arena internacional.
Esta elección debe tratarse de liderazgo, de capacidad para tender puentes y forjar acuerdos, de capacidad para obtener resultado
Usted podría convertirse en la primera mujer en liderar la ONU. Más allá del simbolismo, ¿cómo transforma el liderazgo femenino la forma de gobernar y construir consensos?
No estoy pidiendo ninguna ventaja. Sólo pido que se me evalúe con el mismo criterio que a cualquier otro candidato o candidata.
Sería histórico que una mujer liderara Naciones Unidas por primera vez en ochenta años y entiendo lo que eso significaría para muchas mujeres y niñas. Pero los Estados miembros deben elegir a la persona mejor preparada para este momento.
He gobernado, he negociado crisis económicas, he liderado organizaciones internacionales, he impulsado reformas institucionales y he trabajado en procesos diplomáticos complejos y en escenarios de conflicto. Mi trayectoria demuestra que estoy preparada para asumir esta responsabilidad.
Las mujeres solemos aportar experiencias valiosas en la construcción de consensos y en la creación de coaliciones. Pero al final el liderazgo se define, por un lado, por la capacidad de generar confianza, abrir espacios para el dialogo, tomar decisiones difíciles y obtener resultados. Pero, por el otro lado, también por la capacidad de inspirar y generar las opciones que nos lleven a un mundo mejor para todos.
La próxima Secretaría General heredará un mundo marcado por guerras, polarización, deuda, crisis climática y disrupción tecnológica. ¿Cuál considera la mayor amenaza para la estabilidad global en la próxima década?
He visto cómo una guerra puede convertirse en una crisis alimentaria, una crisis energética o una crisis de deuda para países que están a miles de kilómetros del conflicto. Nuestros problemas están cada vez más conectados, pero nuestra capacidad para actuar juntos parece cada vez más debilitada.
Por eso, he dicho que Naciones Unidas se ha vuelto una institución con aversión al riesgo y eso no debe ser. Debemos siempre intentar prevenir, mediar, poner ideas sobre la mesa, usar en toda su extension los “buenos oficios” del Secretario General, el mayor riesgo para Naciones Unidas hoy es no intentarlo.
La amenaza más profunda no es una crisis específica, sino perder la capacidad de cooperar frente a desafíos que ningún país puede resolver por sí solo. Por eso he dicho que aunque podamos fragmentar nuestras acciones, lo que no podemos es fragmentar nuestros problemas.
L a paz debe volver al centro del trabajo de Naciones Unidas. Porque cuando acciones diplomáticas fracasan, las consecuencias terminan llegando a todas partes.
Como economista enfocada en desarrollo y desigualdad, ¿cree que la arquitectura financiera internacional sigue funcionando para los países emergentes o requiere una reforma profunda?
La geopolítica y la geoeconomía ya no pueden separarse.
Lo aprendí primero desde el gobierno y lo he visto después desde Naciones Unidas. Hoy una guerra puede alterar rutas comerciales, disparar precios de alimentos y energía, agravar la deuda y generar inestabilidad política muy lejos del conflicto original.
La arquitectura internacional necesita reformas profundas. Fue diseñada para un mundo distinto. Esto es cierto para las instituciones políticas y para las instituciones financieras. Hoy demasiados países enfrentan restricciones financieras que limitan su capacidad para invertir en desarrollo, adaptación climática y crecimiento.
Cuando un país dedica más recursos al servicio de la deuda que a la educación o la salud, el problema deja de ser únicamente económico y se convierte en un problema para la estabilidad el desarrollo y la seguridad.
La inteligencia artificial, la ciberseguridad y la concentración digital están redefiniendo el poder global. ¿Qué papel debería jugar la ONU en la gobernanza tecnológica sin frenar la innovación?
La pregunta no es quién controla la inteligencia artificial. La pregunta es quién se beneficia de ella.
La innovación es una de las mayores oportunidades de nuestro tiempo. El papel de Naciones Unidas no es frenar el futuro. Es ayudar a que el futuro tenga espacio para más países y más personas.
La inteligencia artificial puede acelerar el desarrollo, ampliar oportunidades y mejorar vidas. Pero también puede profundizar desigualdades si sus beneficios quedan concentrados en pocos actores.
La tarea de la ONU es ayudar a construir principios comunes, reducir las brechas digitales y garantizar que los beneficios del conocimiento, la innovación y la tecnología lleguen al mayor número posible de personas y países. Necesitamos lograr una mayor y más rápida difusión tecnológica, una intensa construcción de capacidades digitales y mucha cooperación.
Usted ha señalado que el cambio climático es también una crisis económica y geopolítica. ¿Está actuando la comunidad internacional con suficiente urgencia? ¿Qué rol debe asumir la ONU?
La crisis climática ya es una realidad presente.
La he visto en pequeños Estados insulares, en comunidades costeras y en regiones afectadas por la desertificación. Para millones de personas, el cambio climático es ya una cuestión de desarrollo, seguridad y supervivencia.
La comunidad internacional no está actuando con la velocidad que exige el desafío.
La ONU debe ayudar a colocar la adaptación en el centro de la agenda global, facilitar el acceso a la financiación climática y conectar las discusiones sobre clima, deuda y desarrollo. No podemos pedir resiliencia climática a países que carecen del espacio fiscal para construirla.
Las migraciones masivas son cada vez más sensibles y polarizantes. ¿Está preparado el sistema internacional para gestionar esta nueva era de movilidad humana? ¿Cómo equilibrar seguridad, derechos y cooperación?
La migración no es un problema que se resuelve en una frontera.
La mejor manera de gestionar la movilidad humana es abordar las causas que obligan a las personas a abandonar sus hogares. Cuando existen oportunidades, seguridad y perspectivas de futuro, la migración deja de ser una necesidad y se convierte en una elección.
Crece la desconfianza hacia las instituciones internacionales, especialmente entre los jóvenes. ¿Cómo puede la ONU reconectar con una generación que siente que el sistema global no responde a sus preocupaciones?
Los jóvenes no quieren ser espectadores del futuro. Quieren ayudar a construirlo y necesitan una ONU que responda a los problemas que ya están viviendo.
La confianza no se recupera con campañas. Se recupera con resultados. Cuando los jóvenes ven guerras que no terminan, desigualdades que aumentan o dificultades para acceder a oportunidades especialmente a trabajos bien remunerados, es natural que cuestionen las instituciones.
Pero también debemos cambiar la forma en que trabajamos. No basta con escuchar a los jóvenes. Deben participar activamente en las decisiones que definirán su futuro
Usted se define como una “multilateralista reformista”. ¿Qué reformas concretas necesita hoy la ONU para recuperar legitimidad y resultados? ¿Cuáles serían sus prioridades en los primeros 100 días?
La legitimidad de Naciones Unidas dependerá cada vez más de su capacidad para lograr resultados.
He reformado y mejorado cada institución que he liderado. Y he aprendido que la reforma no consiste en mover cajas en un organigrama. Consiste en responder más rápido, coordinar mejor y servir mejor a las personas.
Mis prioridades serán claras. Primero, volver a estar en la mesa de las negociaciones de paz, poner la prevención y la mediación en el centro de la organización mediante una diplomacia más activa y temprana. Segundo, impulsar una reforma orientada a resultados y no a procesos. Y tercero, preparar a Naciones Unidas para los grandes desafíos que definirán este siglo: la tecnología, el clima, la deuda y la fragmentación económica.
Pero también hay que cambiar la cultura organizacional. Necesitamos unas Naciones Unidas que logre asociarse en la resolución de los problemas con organizaciones regionales, de la sociedad civil y del sector privado. He dicho que Naciones Unidas tiene una legitimidad y capacidad de convocatoria que la hacen única e insustituible, pero ser única no significa estar sola. Debemos enfocarnos mejor en nuestros objetivos y lograr partenariados mas profundos y estables.
La ONU debe demostrar que puede actuar con eficacia en el mundo de hoy, no en el mundo de ayer.
Usted nació en una familia marcada por el exilio europeo tras la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué tan personal es para usted el vínculo con los ideales fundacionales de Naciones Unidas?
Soy hija de la paz. Mis padres llegaron a Costa Rica como refugiados de la Segunda Guerra Mundial. Allí encontraron dignidad, oportunidades y la posibilidad de reconstruir sus vidas.
Mi propia historia es el resultado de lo que la paz hace posible cuando las instituciones funcionan y cuando la cooperación internacional cumple su propósito.
Por eso, para mí, la Carta de las Naciones Unidas no es un documento abstracto. Es una experiencia vivida. Creo profundamente en los principios que dieron origen a esta organización porque he visto cómo pueden transformar vidas concretas. Y quizá por eso sigo creyendo que, incluso en un mundo tan complejo como este, no solo vale la pena seguir intentarlo, sino que es una responsabilidad que debemos asumir.

